Nuestra boda (II): decidiendo la ceremonia, los invitados y el restaurante

Tras tener claro el mes, tocaba decidir el sitio y el día. Lo lógico era hacerla en mi bendito pueblo, pero lo descartamos rápidamente: desde que me fui a estudiar, los únicos lazos que me unen a él son los familiares. Sigo teniendo relación con amigos de la infancia, pero no quedo con ellos, nuestras vidas han ido por diferentes caminos. Además, como decidimos invitar sólo a familiares de primera fila, del pueblito sólo venían mis padres y mi abuela (bueno, y mi hermano y familia, claro). Mi madre es de otro pueblo. Por lo tanto, no tenía sentido celebrar allí la boda, para disgusto de mi abuela y un poco de mi padre.

Los motivos de mi negativa a una boda en el pueblo no sólo eran esos, también había otro factor importante: los marujeos. Siempre he huido de ellos y de las abuelas tras las persianas y ventanas. En el pueblo es tradición ir a la iglesia tras pasear por tres o cuatro calles. Estaba claro que yo me negaba a hacerlo. A M. le pareció bien, así que decidimos casarnos en la misma ciudad en la que habíamos empezado nuestra vida en pareja. En ese momento no sabíamos que la boda iba a ser nuestra despedida, nuestro último festejo allí. El mes, mayo. El día, el 30. ¿Por qué? El mes porque en mayo aquí aún se puede vivir sin ahogarse del calor. El día, porque sí.

Antes de seguir, quiero aclarar tres cosas: 1) De momento no habrá fotos, prefiero contar el proceso y después mostraros el resultado (no sé si os parecerá bien o mal, pero de momento voy a hacerlo así). 2) En nuestra boda todo fue en valenciano, eso ni nos lo planteamos: vivimos en valenciano y lo lógico es que todo lo relacionado con la boda fuera en valenciano. No sólo la ceremonia, sino también las invitaciones, las tarjetas de los regalos, la etiqueta del vino, los libros infantiles… y 3) Todo lo hicimos a mano, excepto el vino, jejeje.

Tras esto, la iglesia. En la de nuestro barrio había una lista de espera de unos dos años, ya que era la principal de la ciudad. A menos de cinco meses de la fecha, optamos por casarnos en una iglesia cercana, bonita, a cuyo cura conocíamos por cosas de la vida. Decidimos no hacer misa, sólo la ceremonia. Y en valenciano, claro.

El siguiente paso era hablar del restaurante. Lo único que teníamos claro era que sería una boda de día, con comida y tooooooooda la tarde por delante (de hecho, salimos del restaurante a las 22:30). Aunque a muchos les pueda parecer que una boda por la mañana no luce tanto como una boda por la noche, he de decir que, evidentemente, no estoy de acuerdo. Nuestra boda lució mucho y en el lugar que lo hicimos, más, ya que la luz era un factor crucial tanto en la iglesia como en el restaurante.

Con respecto al restaurante, pasamos por diferentes estadios hasta tomar la decisión final. La primera idea fue hacer una celebración sólo con los padres, los hermanos y las abuelas. Descartamos esta opción y decidimos hacer una comida en un restaurante sólo para la familia de primer grado: padres, hermanos, abuelas, tíos y primos. Y parejas e hijos, claro. Sólo comida, sin barra libre ni cosas así, pagaríamos las copas que se tomara la gente y ya está, porque seríamos pocos y la mayoría con niños pequeños. Éramos unos 70.

Esta opción se mantuvo estable durante un tiempo. El tiempo justo hasta visitar el restaurante en el que al final lo celebramos. En este restaurante, junto con el menú venía ya la barra libre incluida. Nos gustó mucho, tanto el sitio como la comida. En ese momento ya habíamos visto otro que nos encantaba, que nos costaba más o menos lo mismo pero no tenía barra libre. Justo en este momento cambió nuestra idea sobre los invitados, y ésta fue nuestra nueva y última opción: el restaurante con barra libre e invitar también a los amigos. Porque así sí que tenía sentido la barra libre. Pero sólo a los amigos con los que tenemos una relación “estable”, que se preocupan por nosotros y nos preocupamos por ellos: unas veinte personas. Ni amigos de la infancia, ni conocidos, ni amigos de dos días al año en fiestas. Nada de eso, amigos de verdad. Y a estas alturas de la relación, los amigos ya son comunes.

Al final optamos por la opción y fuimos unos 90 invitados, contando niños. Para mí fue un número perfecto, ya que los conocíamos a todos y eso se notó en nuestra naturalidad, en nuestros gestos, en nuestra “desvergüenza”. Está feo que lo diga yo, pero fue una boda muy bonita y muy emotiva. 😉

En el restaurante nos ofrecieron los servicios de un DJ, pero optamos por no contratarlo y, tras comprobar que la sala tenía un equipo de sonido bastante bueno (M. entiende de estas cosas), decidimos hacer nuestra propia sesión de 5 cd’s de música. ¿Por qué? Pues porque M. y yo compartimos la pasión por el pop y el roch independiente, así que teníamos que mezclarlo con alguna canción más “comercial” para que lloviera a gusto de todos. Creo que más o menos lo conseguimos. De la música os hablaré en otro post y os pondré algunas de las canciones que pusimos y que fueron importantes a lo largo del día.

Como ya he comentado, había muchos niños, unos 10 mayorcitos y 5 de menos de tres años. No nos hizo falta contratar ninguna actividad, ya que el restaurante tiene un patio enorme con algún animalito, una zona de columpios y un mini campo de fútbol. Los bebés no necesitaban ninguna actividad, y para los peques de 3-4 años preparamos una mesa de actividades con hojas y colores para pintar y con plastilina.

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3 thoughts on “Nuestra boda (II): decidiendo la ceremonia, los invitados y el restaurante

  1. Mira!! Nosotros no pusimos barra libre porque lo del alcohol a mansalva no nos convencía y nadie la echó de menos. Y también me case de día y lloviendo y mi boda lució mucho jajaja Es genial que la describas como bonita y emotiva porque es lo que tiene que ser!! Yo la mía también la recuerdo así así que es muy buena señal. Estoy deseando ver fotos!!! 🙂 un besote!

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