Se acaba un año


No soy yo muy amante de hacer balance del año en estas fechas. El cambio de número tampoco supone nada para mí, más allá de que estoy a poco más de un mes de cumplir un año más. Supongo que en esta indiferencia influye el hecho de que para esta familia el mes de comienzo ha sido durante muchos años septiembre. Si habéis estudiado muuuuchos años o tenéis niños en edad escolat sabréis qué quiero decir. 😉

Pero este 2017 ha sido un año bueno. Un año muy bueno. Hemos tenido trabajo, amor, salud y, sobre todo, un bebé que nos sorprende día a día y que ha revolucionado nuestra forma de entender la vida. En 2017 ha empezado a interactuar mucho más; ha empezado la alimentación complementaria; ha dicho mamá, papá y casi un centenar de palabras por primera vez; ha empezado a gatear y a caminar; le han salido sus primeros dientes, ha hecho su primer dibujo, ha cumplido su primer año… Casi todas sus primeras veces han sido en el 2017. Sus primeras veces y nuestras primeras veces.

Hay cosas que no cambian y que en el 2017 han seguido como en el 2016: sigue mamando como un bebito (y yo no puedo estar más contenta); sigue compartiendo conmigo la cama de matrimonio (más bien me deja un hueco pequeñito pequeñito en uno de los lados); sigue siendo muy feliz; sigue siendo libre (y salvaje, que ya sabéis que se me cría en la selva, jeje); seguimos porteando casi diariamente; seguimos juntos las 24 horas del día, los 7 días de la semana…

Y ha habido mejoras sustanciales: nos hemos mudado al pueblo, tenemos a los iaios al lado y mi hijo se va a criar en la misma casa en la que me crié yo. Pero también ha habido malas noticias: alergias al huevo y al plátano que esperemos se vayan algún día.

También me he acordado de los míos que no pueden compartir estos momentos, en especial de mi abuela. He echado en falta, muchísimo, a mi abuela. Muchísimo. Más este año que el anterior. Quizá porque la llegada del peque nos quitó una gran parte de la pena, quizá porque nos pilló desprevenidos y tardamos en asimilarlo. Sea como sea, este 2017 he pensafo muchísimo en ella. Y es que, aunque lo de la teta no creo que le gustara mucho teniendo casi 17 meses, sé que lo querría con toda su alma. De hecho, lo quiere, esté donde esté, y lo cuida.

En general, como veis, el año ha sido muy muy bueno, y es que tener un niño ya lo hace maravilloso. Porque a nosotros nuestro hijo nos ha dado calidad de vida, nos ha enseñado a amar incondicionalmente, nos ha hecho darnos cuenta de lo que tenemos y, sobre todo, de lo que queremos y esperamos. Nos está enseñando a vivir y a ser felices. Es maravilloso convivir con su inocencia y con sus ganas de ver mundo, de explorar, de conocer y de sentir. Es terriblemente maravilloso oírlo reír o sus miradas de amor. Es, senzillamente, maravillodo. Todo él. Entero. Por dentro y por fuera.

Y al 2018 no le puedo pedir nada más, sólo seguir siendo igual de felices, que es nuestra única finalidad en la vida, y que nos dé salud para disfrutar de la preciosa familia que hemos creado.

Y vosotros, ¿qué le pedís al 2018?

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